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Tercera edad…

por: Milagros Leiva 14 Agosto, 2017.

No me gusta dar malas noticias, pero si algo siempre hago es proteger a la gente que amo. La semana pasada tuve que coger a la tristeza entre las manos y ser muy fuerte para decirle a mi padre que su hermano mayor había muerto. No hijita, me dijo, casi como defensa. Yo he hablado con él por la mañana, añadió. Mi tío Alejo había muerto por culpa de un infarto fulminante y yo tenía que decirle a mi padre que en efecto había hablado con su hermano, pero que lamentablemente ya no estaba más. Lloró como un niño. Solo se convenció cuando le dije que quien me había dado la noticia era mi tía Eva, la propia esposa de Alejo. Lloró fuerte y hondo y yo en el teléfono, en un receso de mi programa, lo abracé como pude. Escuchar llorar a mi anciano padre como un niño me dejó partida. Al día siguiente lo acompañé y lo abracé mucho mientras sollozaba y minutos antes de la cremación lo acompañé hasta el ataúd, pero no quise ver a mi tío muerto, solo estuve detrás de mi padre acariciando su espalda mientras llorando le decía a su hermano menor que se fuera tranquilo, que sus hermanos lo esperaban, que sus papas estarían con él. Mi papá tiene 87 años, su hermano que murió 80 y yo tengo un gran temor de que mi padre no llegue a los cien años. Es normal, me dije consolándome sola. Todos los hijos tenemos miedo de que los padres se vayan. Volví a abrazar a mi viejo y me fui sola a casa. En el camino pensé en todos sus hermanos que han ido muriendo poco a poco en los últimos años, ahora solo quedan tres, mi papá, mi tío Mario y mi tío Demetrio. Eran trece, en todo eso pensé.

 

El último viernes me junté con mi padre y mi tío Mario en el Bar Queirolo de Pueblo Libre, con mis primas hermanas y mis mellizos. La mayor parte del tiempo mi tío Mario durmió sobre su bastón y mi padre sonrió mucho mientras comía riquísimos choritos a la chalaca. Debo aclarar que mi tío Mario tiene 94 años y que yo me pregunté mientras lo observaba si Dios me permitiría vivir tantos años como a él. También debo aclarar que mi tío y mi papá tienen problemas de sordera y que ninguno quiere ponerse audífonos así que la mayor parte del tiempo estuve hablando casi a gritos y riendo con sus ocurrencias. Por supuesto que los recordé cuando era niña y los dos jugaban cachito en mi casa de Huancayo, no entendía bien ese juego de dados, pero sí reía con ellos por la risa contagiosa que tienen así que el viernes pasado he llegado a la conclusión que tengo serios ataques de risa por mi padre y mi padre y por la familia de ambos. También he descubierto que soy fuerte y resistente como los Leiva, muy estudiosa como ellos y que soy requetellorona porque ellos también lo son. Seguramente me falta mucho por descubrir más de mis genes paternales porque mis padres se separaron cuando yo era una adolescente y yo me quedé viviendo con mamá. En eso pensaba, en todas las cosas que no sé de los Leiva y que me falta por descubrir.

 

En el velorio de mi tío Alejo mi padre me aclaró más de una vez que él no quiere ser cremado, que por favor no haga eso con él. Yo le dije que no se preocupara y que la verdad faltaba mucho tiempo para ponernos a pensar qué queríamos después de morir. Obviamente pensé qué me gustaría a mí, pero pronto cambié de pensamiento porque mis bebitos están tan bebitos que lo único que pido es más vida para verlos crecer. Lo que sí no se ha ido de mi mente es el proceso de envejecimiento. Ver con su bastón a mi tío y a su hermano, verlos encorvados, casi sordos, más pausados, con la piel más arrugada, me ha enseñado que el paso del tiempo sí te grita todos los días porque el cuerpo ya no responde como antes, pero también sé que solo depende de uno envejecer con alegría y dignidad. Mi padre suele decirme que lo único que pide es no perder la lucidez. Yo creo que Dios le hace caso porque no se olvida de casi nada y sigue resolviendo geniogramas como cuando yo era niña. No le he dicho, pero lo observo mucho cuando lo veo leer. Cuando lo veo sentado en ese sillón azul mientras mis hijos revolotean a su costado. No le he dicho, pero en silencio lo observo pasar las páginas, concentrarse, leer un periódico tras otro y pido lo mismo para mi vejez, la misma curiosidad, las mismas ganas de querer saber. 

 

He revisado la foto que me he tomado con mi padre y mi tío Mario. Los dos con su bastón. Los he visto viejitos y he sonreído agradecida. Siempre le pedí a Dios que mis padres vivan muchos años y lo están logrando. El 22 de octubre papá cumple 88 años, mamá ya tiene 76; Dios es bueno conmigo, me está permitiendo ver a mis padres envejecer, yo misma estoy envejeciendo con ellos. Pasa el tiempo y no temo, llegan las arrugas y las bendigo. No hay que temer, solo queda agradecer por los días que despertamos y seguimos aquí, luchando y viviendo con fe. Lo único que hoy sé es que cuando despierto y siento a mis hijos sonrío porque Dios me regala otro día. Entender que hoy estamos y mañana quizá no es lo único que me ha enseñado a disfrutar cada día y hoy solo quiero vivir esa tercera edad que mis padres hoy disfrutan. Amén.

4 respuestas a “Tercera edad…”

  1. Es triste ver partir a un familiar y no quisiéramos que nadie se vaya menos a nuestros padres, larga vida para ellos y para nosotros los hijos para devolver lo que ellos hicieron por nosotros… bendiciones para ti y tus hijitos…

  2. Es una suerte y una bendición de no muchos, ver envejecer a nuestros padres, yo perdí a papá hace casi tres años, cuanto dolor se siente y con el temor de que en cualquier momento se puede ir mamá; por eso, siempre digo, ” en vida hermanos” hay que hacerles sentir nuestro amor y agradecimiento, por el simple hecho de habernos dado la vida. Disfruta a tus padres Milagritos sin juzgarlos. Gracias por compartir tus sentimientos. Bendiciones para ti y tus hijitos.

  3. Que bello lo que tu comentas de tus padres y la familia ,la pérdida es muy triste de algún ser cercano a nosotros pero eso nos permite reflexionar y analizar y a la vez eso nos hace más fuerte para seguir adelante.Que estés bien.Muchos besosss.

  4. Señora Milagros Leiva, es cierto todo lo que has escrito sobre la tercera edad de nuestros padres; yo, los viví dejando a mi madre muy enferma pues gané un puesto de trabajo con las NN.UU. en África; y, solo los veía en vacaciones pero siempre oraba a Dios para que no se la lleve todavía. Ya fallecieron mis padres y hermanos mayores y creo que así seguiremos y los llantos no cesarán, es muy difícil ver la partida de nuestra familia mas cercana. Solo Dios sabe cuando nos tocará a nosotros y mientras tanto agradecerle a El por la vida que aun nos queda por vivir.

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