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Dos años

por: Milagros Leiva 8 Mayo, 2018.

Joaquin y Antonia han cumplido dos años. Ahora corren como bandidos, saltan en dos pies, cantan, bailan, negocian, pelean, se ayudan, me hacen reír mucho con sus ocurrencias, hablan en su propio idioma, me ordenan, se ordenan entre ellos, se nombran, me nombran. Mis bebitos han crecido sanos y felices y debo reconocer que muchos cambios han operado en mi vida por y para ellos. Para empezar mi cambio radical de chamba. De la noche a la mañana literalmente. Juro que me cuesta levantarme todos los días a las 4 de la madrugada y que termino revirada a las doce del día después de estar narrando historias y entrevistando a personajes cinco horas y media en el aire (contando televisión y radio); pero saber que todo es en el nombre de mis hijos me da fuerzas para seguir.

 

En efecto cambié de horario para poder verlos más. ¿Me costó la decisión? Claro que sí, madrugar literalmente para ganarse los frijolitos cuesta mucho esfuerzo, pero también sé que todo cambio implica sacrificios, riesgo y en mi caso siento más ansiedad con los que hubiera pasado y por eso decido y me arrojo aunque no vea mucho agua en la piscina. Hoy mientras narro noticias crueles e interrogo a muchos personajes mis hijos despiertan y van al nido a educarse con libertad. Eso me tiene alegre, el saber que siguen experimentando para crecer. Además he sacado una gran ventaja de todo esto, he vuelto a acunarlos, he vuelto a cantarles para que se duerman, mis manos una y otra vez acarician sus cabellos mientras les susurro cuánto les amo. Estoy agotada, lo sé, pero nada de esto que estoy viviendo importa porque vivo más horas con mis hijos.

 

A estas alturas de mi partido imagino que todas las madres que trabajan sienten culpa por el tiempo que no pasan con sus hijos, sola he decidido cambiar ese pensamiento, ese atisbo de culpa que me genera angustia y que me lleva a preguntarme una y otra vez si soy una buena madre. Calidad y no cantidad, sentencio. Juego y no pelea, amor y no reprimenda. Libertad y respeto. Eso quiero.

 

En estos dos años me he abrochado los cinturones y he subido feliz a mi montaña rusa emocional. Cuando mis hijos sean grandes les contaré que justo cuando ellos tenían dos años decidí casarme con un hombre noble de corazón grande, que viajamos muchas veces felices los cuatro de tanto querernos y que los domingos se hicieron cada más alegres de tanto jugar. Cuando crezcan les contaré que a los dos ellos se cuidaban mucho y que aprendieron a manejar scooter, a bailar dando vueltas y que siguieron usando chupón. También les contaré que nos encantaba bañarnos en la tina y que jugábamos mucho con la espuma mientras yo rociaba sus cuerpos pequeños una y otra vez con agua tibia mientras les enseñaba a pronunciar palabras.

 

También les diré que cuando ellos tenían dos años tuve que contar como periodista muchas historias de bebes maltratados, violados, quemados, de mujeres ultrajadas y les diré que muchos de mis días terminé absolutamente mareada por el dolor ajeno y sin entender los extremos de la crueldad. Les confesaré que en mis noches de insomnio recordando tragedias humanas solo le pedí a Dios que nada malo les pasara a mis bebes, que eso decretaba antes de cerrar mis ojos. Y confesaré por supuesto que muchas veces terminé llorando incluso en público aunque un sector de la gente no entendiera mis lágrimas y escribieran columnas repletas de insultos criticando mi fragilidad.

 

Lo confieso. En todos estos dos años que llevo al lado de mis hijos no he dejado de abrazarlos conmovida por el verbo que hoy prefiero: maternar. Los abrazo fuerte, largo, les digo mil veces que los amo y vocalizo lentamente cada uno de los verbos y sustantivos. Les susurro historias de hadas y mariposas, de aviones y helicópteros que hablan y tienen hambre, me acuesto con ellos en sus camas y les pregunto por las noches si quieren que les cuente una historia y recibo sus respuestas afirmativas como una invitación a la imaginación. Uno por noche, un día Antonia, al otro Joaquin; así comienzo mis cuentos nocturnos en los que siempre los protagonistas son ellos y algunos animales y personajes que ya conocemos. No sé qué pasará con ellos cuando sean grandes, tampoco me estreso, ahora solo vivo mi presente tratando de darles experiencias que estimulen sus sentidos.

 

Ya fueron al teatro de bebes, ya conocen las burbujas, ya se detienen con el vuelo de los pájaros, ya saben decir No.

Ya corren por el malecón, ya coleccionan piedras, ya saben decir allá.

 

Mis hijos crecen y yo crezco con ellos.

Joaquin y Antonia maduran y yo me hago más fuerte gracias a ellos.

Dos años de amor puro y sincero.

¿Qué otra cosa puedo pedir?

Nada, salvo un poco más de vida para seguir viéndolos crecer.

 

3 respuestas a “Dos años”

  1. Lindas tus palabras y experiencias con tus hijos, pero si las mamas podemos sacrificarnos y nunca decir qye estamos cansadas para nuestros hijos., aunque suene comun, ellos son nuestro motor y motivo, muchas bendiciones para ti linda familia Milagros

  2. Hermosa teflexion y me alegra mucho el saber que te volviste a enamorar y te casaste,no te preocupes por la gente que te critico cuando lloraste de indignacion por la crueldad que cometieron por no tener plata para una cesarea, yo tambien lo hice. Un beso para Joaquin y Antonia tus milagros.
    Dios los bendiga y la Morenita los proteja siempre

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